
El domingo a primera hora llueve, según Fernando, que me llama para comunicármelo y anular una marcha que teníamos programada, yo estaba aún en la cama y no me levanté a comprobarlo, a media mañana el día se ha tornado radiante y con buena temperatura, le doy un toque y me dice que acepta salir a dar esos trotes ya pactados, iniciamos desde el pueblo sin pasar por el club y cuando no llevábamos más de trescientos metros veo a Pedro que va por delante de nosotros con su ritmo cansino, ya es casualidad, le llamo la atención (le voceo) y se une a nosotros, empieza la controversia de siempre por una ruta u otra, al fin se impone la (mi) cordura y elegimos un camino en el que predomina la arena y de esta forma dejamos el duro asfalto, no sin dejar de oír a Pedro que de vez en cuando da la tabarra con que deberíamos haber ido por el asfalto, sobre todo por que de vez en cuando vamos encontrando algún que otro rodal de barro, creo que le preocupa el barro de las zapatillas por la charla de la manchega cuando llegue a casa.(Me tiene preocupado, le ha dado por los bailes de salón.)
De todas formas, cuando el barro ya empieza a ser muy frecuente, por no decir continuo, decidimos dar la vuelta, mis zapatillas van atrapando barro y mi pisada cada vez es más inestable, esto me va haciendo añicos el tobillo, es como si corriera con tacones, en total hacemos once kilómetros a un ritmo bastante suave, aunque yo he ido casi al cien por cien de mis posibilidades, cuando corro con alguien es cuando puedo ver lo que todavía me falta para alcanzar la forma.
Hoy como estoy condolido de ayer, me decido por hacer una ruteja con la bici, como debe de haber barrizal por los caminos me decido por la ruta del Parque Regional del Sureste donde muchos de los caminos son de arena y firmes por el paso de camiones areneros, sí, sí, barro no había, pero charcos, todos los charcos del mundo estaban en mi camino, he terminado chorreando agua por todos sitios, eso sí, he disfrutado como un niño, se me venía a la memorieja la coletilla aquella de mi madre cuando yo era un niño y llovía "no pises los charcos, que tienes la katiuskas rotas", para conseguirlo me debería haber dicho, "Jesús, metete por todos los charcos que encuentres".
He ido metiéndome tanto en la ruta que se me ha ido el santo al cielo y he llegado bastante tarde a casa, después de cincuenta y tres kilómetros y no sé cuantos charcos, solo he tenido tiempo de llegar, meter toda la ropa a la lavadora y al tajo, yo también tengo manchega. Vale.


pero que bien se te ve, todo vuelve a su sitio. Me alegro.
un saludo